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Ha accedido a los Diario de un naturalista archivos del weblog del día 25. Febrero 2010.

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Archivo para 25. Febrero 2010

Ahora que florecen los almendros…

Ayer vi un almendro en flor en la Ciudad Universitaria de Madrid. Me alegré al contemplarlo, pues señala el fin de este invierno tan pródigo en nieves. Ahora, en esta época, en cuanto las temperaturas empiezan a mejorar levemente, antes de que aparezcan las hojas en las ramas del almendro, la copa explota en una exhuberancia de flores blancas. El hecho de que la mayoría de los árboles tengan aún el aspecto yermo y sombrío del invierno, mientras el almendro viste sus mejores galas juveniles, hacen que esa floración resulte aún más espectacular y lo convierta en un árbol muy valorado, pues anuncian de la llegada de la primavera, que por las lluvias caídas será una primavera muy florida. Almendro en flor

Para entender y explicar este raro fenómeno de precocidad floral los griegos buscaron una explicación mitológica. Se decía que Fílide, una princesa de Tracia, se enamoró de Acamante, un joven combatiente de la guerra de Troya. Cuando ella se enteró de la destrucción de la ciudad, todos los días acudía a la costa a ver la llegada de la flota ateniense, esperando encontrar el navío de su amado. Pero el barco no llegaba. Al noveno día de infructuosa búsqueda, la joven murió de pena, creyendo que él había muerto. La diosa Atenea metamorfoseó su cuerpo en un almendro, y, al día siguiente, tras haber reparado su nave, llegó Acamante, que sólo pudo acariciar la corteza del árbol. Fílide, desde su naturaleza arbórea, respondió a su amado floreciendo de repente, sin que hubiera dado tiempo a que las hojas brotaran. Así como, año tras año, los almendros repetían su floración precoz, los antiguos atenienses recordaban a estos enamorados todos los años mediante festejos y danzas.  Por esa anticipación a la primavera, esa explosión de júbilo, esa florecillas tan juveniles, sigue evocando la imagen pura del amor, el amor juvenil, el primer amor   

Corté flores de un almendro
y amapolas de un trigal
y comparé sus colores
con los tuyos, Soledad
cuando me hablan de amores
    (Fandanguillos) 

Muchos siglos después, el poeta Antonio Machado al reflexionar sobre su juventud pasada sin amor lo hace debajo de un almendro, debajo del árbol que rememora a los míticos jóvenes enamorados Fílide y Acamante. 

La primavera besaba
suavemente la arboleda.
Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil…
Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor
—recordé—, yo he maldecido
mi juventud sin amor.
Hoy, en mitad de la vida
me he parado a meditar…
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!
  (A. Machado)
 

Textos extraídos del libro El alma de los árboles de Miguel Herrero Uceda.

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